Julián colocó su mano bajo mi nariz.
Al cabo de unos segundos, se quedó inmóvil, como petrificado.
La temperatura de los lobos solía ser más alta que la de los humanos.
En el momento en que tocó mi cuerpo helado, ya tenía una mala premonición.
Pero no se atrevió a aceptar ese hecho que le atravesaba el corazón.
Cuando descubrió que mi respiración se había detenido, la última cuerda en lo profundo de su alma se rompió de golpe.
Al cabo de un rato, la habitación se llenó con su grito desgarrador: