Ambos cayeron al lado del otro, agitados, sudados, con las emociones explotando y una sonrisa boba en sus rostros. Se giraron y miraron al mismo tiempo, la sonrisa aumentó. Leónidas acarició su mejilla, contempló su mirada brillosa, quiso apretarla contra su pecho desnudo y atesorarla, lo hizo, y ella se dejó.
Respirar el olor de su encuentro, sentir el calor que emanaban tras ello, la seguridad de que, esta vez, sí estaban haciendo las cosas bien, los conmovió.
Ella soltó alguna lagrimas contr