Celos que queman.

Anastasia le dio un vistazo al área de recepción, y se armó de valor.

—¿Disculpe? —dijo, molesta.

Leónidas, dudó, pero se detuvo. Apretó la mandíbula y giró. Al encontrarse con ella de nuevo, peleó con sus adentros.

No se movió, pero ella sí. Camino hacia él con pasos firmes y resonantes.

El rubio clavó la mirada en sus labios fruncidos por medio segundo.

—¿Tiene algún problema? Parece que no leyó las normas de vestimenta.

—Las conozco —refutó ella, sin apartar la mirada—. No uso mallas, escote
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