Capítulo 68

—Desoíste mis ruegos y te desvaneciste en su sombra, junto con aquel—la voz del lycan era un eco de desolación, tan palpable como la sangre que se extendía como un manto carmesí bajo los pies de la pelirroja.

—¡Por los cielos! ¡Sosiégate! ¡Mil disculpas, está bien? —Beltaine irrumpió con una vehemencia que destilaba una mezcla de exasperación y ansiedad—. Antes que nada, vamos a sanar esas heridas que te afligen, después, si el destino lo permite, resolveremos tus penas, ¿me oyes? Tu aspecto me
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