La atmósfera se cargó de una electricidad que solo presagiaba la tormenta. Bastian, con su mano aún posada en la cintura de Beltaine, la guiaba con un cuidado meticuloso, como si fuera algo precioso y frágil. Beltaine, por su parte, se dejaba llevar por esa seguridad que le transmitía, aunque una parte de ella, la más salvaje, se retorcía inquieta ante la ira de su compañero lycan. La marca en su muslo le palpitó de manera horrible, haciéndola casi tropezar.
Miró por encima del hombro solo para