—¡Por los cielos y las estrellas! ¡Una, dos y tres veces malditas sean estas llamas infernales!
Kyrios se desplomó en el suelo, sujetándose la boca como si intentara mantener a raya un enjambre de abejas enfurecidas.
—¡Maldición, eso fue como besar el mismísimo sol!—rugió, levantándose con una mezcla de indignación y asombro. Sus ojos, dos brasas encendidas, se clavaron en la pelirroja que parecía la mismísima encarnación de la ira divina—. ¡Escúchame bien, hechicera de pacotilla! ¡Casi convier