—Bren, sabes que puedes confiar en mí, en lo que sea —repuso su padre, buscando su mirada—. Jamás te he juzgado ni te juzgaré.
—Sé que jamás me has juzgado —dijo, tras aclararse la garganta—, pero todos tenemos un límite y creo que, si te cuento qué es lo que me sucede, sobrepasaré el tuyo.
Adam frunció el ceño y ladeó la cabeza.
—No sé de qué hablas, pero no creo que así sea. Siempre has sido un excelente hijo, un excelente hermano…
—No, y tampoco he sido un excelente amigo, un excelente hombr