Impaciente, Brendan desviaba la mirada hacia su móvil una y otra vez, sin prestar demasiada atención a lo que estaba haciendo en el ordenador, en el cual se suponía que debía controlar las finanzas de la cristalería durante los últimos cinco años. Su padre le había encomendado aquella tarea que él no había sido capaz de rechazar, a pesar de que su mente estaba a más de ciento cincuenta kilómetros en dirección a Dublín.
Suspiró. Quizás debía resignarse a no recibir una respuesta. Si bien había s