A la mañana siguiente, Brendan se despertó sobresaltado al oír como alguien trasteaba con la puerta de su celda. Con lentitud, abrió los ojos y esperó, impaciente, a que su vista se adaptara a la leve luminosidad del calabozo, antes de mirar a su izquierda y ver a O’Neill acompañado del mismo guardia de la noche anterior.
¿Es que acaso ese hombre no descansaba? Desde que lo habían encerrado, aquel sujeto había permanecido allí día y noche sin denotar en su rostro el más mínimo cansancio. ¿Qué c