Mariana Carbajal
El beso se profundiza con naturalidad, sin prisa, como si ambos estuviéramos aprendiendo de nuevo a tocarnos. Sus manos me rodean con una delicadeza que desarma, y yo me permito apoyarme en él, confiando entre sus brazos.
No hay urgencia, solo la certeza de que este acercamiento es una elección compartida, un abandono mutuo donde el mundo exterior deja de importar.
El beso se prolonga y, con él, cae la última barrera que aún intentaba sostener. Me dejo llevar por la calidez de