Mariana Carbajal
Al llegar a casa, mi madre me recibe con una sonrisa. Toma mi bolso y luego me guía hacia la sala.
—Qué bueno que llegaste, tienes visita —murmura.
—¿Quién? —pregunto, mientras un malestar incómodo se instala en mi estómago.
¿Catalina no se atrevería…? ¿Decirle algo a su hermano… o sí?
Camino al lado de mi mamá con el corazón en la garganta. No tengo fuerzas en este momento para enfrentarlo. Necesito estar en calma para hacerlo.
Con ese pensamiento entro en la sala.
Un hombre e