REBECA
Héctor estacionó la camioneta frente a mi edificio con un frenazo que hizo rechinar las llantas, no me soltó el muslo en todo el camino y su mano quemaba a través de la tela.
—Llegamos, gracias por el aventón, puedes irte a tu hotel ahora —le dije, intentando zafarme de su agarre.
—No voy a ningún hotel, Rebeca. No después de lo que hiciste hoy —respondió él, bajando del vehículo antes de que yo pudiera replicar.
Abrió mi puerta y me tomó del brazo para bajarme.
—¡Es mi departamento, no