Adam tamborileaba sus dedos sobre la mesa, junto a su vaso de whisky —sabía que era demasiado temprano para beber, pero no había podido evitarlo—, ansioso porque Liam llegase cuanto antes. No estaba seguro de si había hecho bien al citarse con él, sin embargo, creía que era lo mejor. Liam merecía saber lo que había averiguado.
Durante la mañana, cansado de la eterna espera, se había comunicado con el comisario O’Neill, quien estaba a cargo del caso y que, para su fortuna, era el hijo de quien h