—¡No!
Lo empujé, me agaché de nuevo y seguí organizando mi maleta.
Sentía su mirada fija en mí, y bajo esa expresión tan inquisitiva, no podía levantar la cabeza.
Temía que, en el momento en que la levantara, fuera a traicionar mis pensamientos.
Había acordado con Ana que me asignara más viajes de trabajo, que poco a poco aumentaran en duración, de uno a tres días, y después más.
Quería que Carlos se acostumbrara a los días sin mí.
Pero no tan seguido, temía que eso lo hiciera dudar.
Pero