Néstor ya no hacía tonterías como antes. Me miraba en silencio, con una mirada ardiente que gradualmente se transformaba en una expresión de tensión.
Su nuez de Adán se movía sin cesar, como si tuviera saliva que no podía tragar, y parecía estar esperando mi respuesta.
Mis pensamientos se fueron disipando poco a poco mientras escuchaba sus palabras, y me vinieron recuerdos del pasado.
Cuando éramos niños, yo pensaba que Néstor era realmente malo. Su cabeza era tan pesada que me dolía el