La voz de Teresa al otro lado del teléfono era amable, pero no podía esconder un dejo de tristeza.
—Olivia, ¿dónde estás?
Sabía que si Teresa me llamaba, no sería por algo trivial. Su actitud, aunque cálida, escondía intenciones. Sin embargo, su tono amigable no permitía una respuesta hostil de mi parte. Oficialmente, seguía siendo mi suegra.
—¿Qué necesitas? Ve al grano, por favor.
Al otro lado, Teresa soltó una risita incómoda.
—David despertó. Preguntó por ti. ¿Cuándo tienes tiempo para