—¡Oh, Dios mío! —exclamó Carmen con un tono afectado mientras volteaba los documentos y los presionaba contra su pecho. Al darse cuenta de que no era suficiente, los escondió detrás de su espalda—. Sra. Díaz, no se malinterprete, por favor.
Su torpeza para disimular me pareció ridícula.
Intenté mantener una actitud indiferente, entrar con la cabeza en alto y una postura segura. Pero el dolor en mi interior era tan grande que me sentía incapaz de dar un solo paso.
Siempre he sido una persona q