Los polvorientos caminos de la Villa lo vieron aparecer
sin prisa, arrastrando sus años como una sabiduría pesada. Se detuvo en una esquina que señalaba el cruce de dos
calles especialmente anchas y contempló hacia los cuatro
vientos. El paisaje era idéntico, mirara para donde mirara.
Las casas chatas permitían que los ojos no tropezaran casi con nada. El sol reverberaba en los techos de las casillas
breves y aumentaba la sensación de soledad y vacío. A
unos cuarenta metros de donde él se