Sábado por la mañana. No son aún las diez, pero la señora Haines ya está esperando ante la
puerta de la peluquería. Llega siempre anticipadamente a las escasas citas que tiene. Le encanta
ser la primera cliente de la jornada y tener la certeza de que no habrá periodos de espera que
pasar en el saloncito de las lenguas viperinas: un lugar poco conveniente, en el que los secretos de
los demás se airean arbitrariamente en voz alta. ¡Qué vulgaridad! ¡Qué falta de contención! A la
cháchara y al chis