El día en el que Imi abandonó el orfanato llovía. Los niños se fueron despidiendo de él por
turno: los mayores no lloraron. Los pequeños sí. Imi se dirigió a pie, solo, hacia la pequeña
estación verde de Landor. Como siempre, le pareció un lugar tétrico: los cristales hilados de la
sala de espera, las pintadas de amor en las paredes de los baños, la taquillera prisionera en su
garita con los visillos de encaje amarillentos por el tiempo, los billetes escritos a mano, el reloj de
plástico negro