La pesadilla comenzó con sangre. Siempre era de esa manera, oscura, espesa, casi negra bajo la luz de una luna roja imposible que teñía el cielo como una herida abierta. La nieve del bosque estaba empapada, convertida en un lodazal carmesí que succionaba los pies de Lyra mientras corría.
Las ramas bajas arañaban su piel como dedos acusadores, desgarrando la tela de su camisón y dejando rastros ardientes en sus brazos y piernas. Su respiración salía en jadeos rotos, desesperados, el corazón la