El cielo apenas comenzaba a teñirse de un gris pálido cuando Cedric cruzó la puerta principal de la mansión de Ronan. Había dormido poco o quizás nada a pesar de la buena compañía. Un peso real, tangible, que se asentaba sobre sus hombros y le recordaba que algunas decisiones no se toman solo con la cabeza, sino con todo el cuerpo y el alma.
Y aun así, caminó.
Ronan lo esperaba donde siempre: de pie, inmóvil, con esa presencia que parecía anclar el mundo a su alrededor. Solo ellos dos y el si