Esa semana no dormí nada de nada, ni siquiera una siestecita. No quería dormir tampoco. Pensaba que si el sueño me ganaba, al despertar, ya no vería, nunca más a Rudolph. Su crimen estaba resuelto, Sebastián lo había matado, enceguecido por la obsesión de poseerme y convertirme en su propiedad por siempre, y por ende, temía, él, mi marido, tendría que irse de éste mundo y desaparecer de mi vida para siempre. Le pedí a Alondra descansar toda esa semana, no ir a la agencia, porque "estaba muy afe