No se lo conté a nadie, ni a Dante ni a Cindy. Quería olvidarlo después de mi llorera en el baño. Me había sentido como la niñata de catorce años otra vez.
Por suerte la semana volvió a la normalidad y Cindy y yo tuvimos un día de chicas todo el sábado. Nos tiramos en el sofá a ver películas, comer palomitas y hacernos tratamientos faciales con mascarillas que compramos en el supermercado.
—¿No estás nada nerviosa por mañana? —me preguntó, aunque casi no podía hablar por la tensión de la arci