El estudio de Gonzalo estaba sumido en un silencio espeso. Don Rafael, sentado al extremo de la mesa, hojeaba los últimos informes con una lentitud calculada. Sus ojos, aún firmes pese a los años, se detenían en cada cifra, cada transferencia, cada nombre. Frente a él, Gonzalo no lograba disimular su impaciencia.
—Los abogados dicen que tenemos suficiente para presentar una acusación sólida —dijo el joven Ferraz, pasando una mano por su nuca con nerviosismo—. ¿Por qué no los detenemos ya?
Don Ra