Ethan no podía dejar de pensar en Ava y en su intercambio de risas con Arthur. La imagen de ella sonriendo tan libremente, tan cómoda en presencia de otro hombre, lo carcomía por dentro. Era un veneno lento y corrosivo que se expandía con cada carcajada que recordaba. Cerró su computadora con tanta fuerza que el sonido seco del golpe resonó en la habitación, pero ni siquiera eso apaciguó la furia creciente en su pecho. Su mandíbula se tensó, sus dedos se crisparon sobre el escritorio. No podía