Al llegar al hospital cada paso la acercaba a la habitación 204, donde su madre llevaba días internada. Su estado había empeorado de forma drástica en los últimos días. Los médicos no daban esperanzas, y aunque ella se aferraba a cada segundo a la posibilidad de una mejoría, la realidad la golpeaba como un mazo cada vez que cruzaba esa puerta.
Entró lentamente. Su madre yacía en la cama, con el rostro pálido, la piel translúcida como el papel, los labios resecos y los ojos cerrados. Una máscara