La mañana comenzó con el sonido de unos pequeños pasos corriendo por el pasillo de la mansión. Adrián irrumpió en la oficina de su padre con la energía de siempre, pero con una expresión contrariada.
—Papá, ¿dónde está Ava? —preguntó sin rodeos, subiendo a la silla frente al escritorio de Ethan y balanceando sus pies.
Ethan, quien revisaba unos documentos financieros, apenas alzó la vista.
—No vendrá más.
—¿Por qué no? —insistió Adrián, frunciendo el ceño.
—Porque así lo decidí —sentenció Ethan