Adrián despertó con los ojos hinchados y ardientes. La noche había sido un desastre, y no por monstruos debajo de la cama o pesadillas con criaturas de otro mundo, sino por algo mucho peor: su mamá, Helena, le había dicho con frialdad que no podría ver a su papá, Ethan, en un largo tiempo. Para un niño de cinco años, esa frase había sido como un golpe directo al corazón.
Con el rostro arrugado por el dolor emocional, se quitó las cobijas de encima y bajó de la cama. El sol apenas entraba por la