Dormí.
No el sueño superficial y a medias que he logrado desde que llegó el sobre negro por primera vez. Dormí de verdad. Lo suficientemente profundo como para despertar desorientada, parpadeando ante unas cortinas verdes desconocidas, tratando de ubicar el suave crepitar de un fuego que se había reducido a brasas en algún momento de la noche.
Odié eso.
Me quedé ahí tumbada un minuto entero, catalogando exactamente por qué lo odiaba. La casa. El hombre que la posee. El hecho de que mi cuerpo, a