La habitación huele a velas recién apagadas y a piedra que no ha conocido el calor en tres siglos.
Llegamos allí a través de un largo pasillo, con tapices descoloridos, del tono del óxido antiguo, cubriendo ambas paredes. Al final nos espera una capilla cuyo techo se pierde en la oscuridad antes siquiera de alcanzar el tejado. No hay flores. No hay música. Una mujer vestida con las túnicas del Consejo permanece detrás de un atril. Frente a ella descansa un libro tan antiguo que el cuero de la c