Miró a Lorena con cara ansiosa, observándola de arriba abajo, y luego la cogió en brazos, con una voz un poco reprimida por la impaciencia y la preocupación.
—¡Lorena, me has dado un susto de muerte! Cuando me enteré de que te había pasado algo, vine corriendo inmediatamente.
Lorena arrugó ligeramente las cejas y lo empujó con más fuerza, sin apartarle.
Puso los ojos en blanco.
—¡Aún no estoy muerta!
El aroma cálido y pesado del cuerpo de Juan la envolvió, familiar y desconocido.
Se resistió un