Lorena fue a darse un chapuzón, se aseó y salió cuando estaba anocheciendo.
Bajó las escaleras con el pelo recogido sobre la cabeza, calzándose perezosamente las zapatillas y murmurando algo:
—Es hora de cenar, me muero de hambre.
José apartó el periódico y levantó los ojos hacia su hija, que estaba arriba, al parecer con un deje de malhumor:
—¡Cuánto hace que no vuelva ella, y en cuanto vuelva, solo sabe comer!
Lorena, siempre mimada en casa, se acercó para sentarse junto a José y se apoyó en s