Lorena no conducía, hacía que su chófer la dejara en la puerta.
Apenas se hubo marchado el conductor, vio un Bentley negro aparcado en el arcén, bajo un árbol, quieto, silencioso, como si se fundiera con la noche, negro y pesado como un gigante de acero.
Al segundo siguiente de fijarse en él, las luces iluminaron al instante toda la carretera.
Rayos dorados se derramaron como para saludarla.
No pudo ver la expresión del hombre dentro del coche, pero pudo ver vagamente su silueta, y su corazó