—Fui a Polo y ni siquiera me recibió, llegué varias veces al piso de su oficina y lo esperé durante horas y no me vio.
—Por mucho que me tropezara con él o hablara de él, no me hacía ni caso.
—Hermano, haz algo por mí, ¡me estoy volviendo loco!
María caminaba impaciente.
Juan frunció ligeramente el ceño:
—¿Por qué estás tan solícito?
—Si no estoy solícito, él no me verá aún más, sin mencionar que es tan bueno, ¡no puedo dejar que me lo arrebaten!
María habló con naturalidad.
Juan tenía una expre