Levantando la vista, miró a Juan que se acercaba con cara hosca no muy lejos.
No era de extrañar que Juan pudiera venir.
Al fin y al cabo, el círculo estaba tan entrelazado que un poco de viento se esparcía por todas partes.
Juan se acercó con un vaso en la mano, con el ceño fruncido y la comisura de los labios indiferente:
—¿De qué estás hablando, tan feliz?
Lanzó una mirada a Polo, sus ojos se detuvieron en los de Lorena y finalmente se posaron en el hombre que había hablado.
El hombre también