Carlos Rivera
Lo primero que se abrió paso en mi conciencia en el momento en que abrí los ojos esa mañana fue la bofetada.
No fue solo el escozor físico, que hacía tiempo se había convertido en un latido sordo, sino el eco de la misma. El chasquido agudo y violento de la piel contra la piel que había destrozado el silencio del vestíbulo de mi madre. En mis treinta años de existencia, a través de cada rebelión y cada guerra corporativa que he librado, ella nunca me había puesto la mano encima