Diego Rivera:
Me quedé mirando el suelo, los patrones de la alfombra se desdibujaban mientras el peso de mis propias palabras se asentaba en la habitación. Acababa de admitir ante la mujer a la que pasé meses rechazando que estaba perdido. El silencio que siguió fue sofocante. Podía sentir la mirada de Maria sobre mí, pesada e inquisitiva, y por primera vez en mucho tiempo, no tuve la energía para responderle mal ni para levantar ese muro de arrogancia que solía mantenerme a salvo.
Sentí el mo