María López
Regresé a la cocina y la puerta de vaivén se cerró tras de mí con un clic. En el momento en que crucé ese umbral, me detuve. Presioné mi palma con fuerza contra mi pecho, justo sobre el corazón.
Estaba oprimido. Demasiado oprimido. Sentía como si alguien hubiera envuelto mis costillas con una cuerda gruesa y estuviera tirando de ella hasta dejarme sin aire. Respiré de forma lenta y entrecortada, tratando de reprimir el pánico. Me acerqué a la pequeña ventana de servicio desde