—¿Quién es usted? ¡Cómo se atreve a entrar a mi casa sin invitación! —exclamó furiosa, intentó levantarse, pero se quejó de dolor en su tobillo.
—¡Lo siento tanto! ¿Está bien? No quise asustarla, menos lastimarla.
Él tomó su brazo.
—¡Aléjese! —exclamó severa
—Déjeme llevarla a sentar, no se ve bien.
Ella levantó la mirada.
—¿Quién es usted?
—Lo siento tanto, vine a ofrecer una disculpa y he creado otro embrollo.
Ella lo miró con duda.
—¿Una disculpa?
—No me recuerda, es mi culpa que su