Danilo lo exigió a Avery que se apresurara a buscar a su escurridizo guardaespaldas que estaba con su mejor amiga en alguna parte del hospital. Su pecho ardía con una rabia y desesperación desconocidas para él, no entendía por qué sentía como si un fuego lo consumiera por dentro y de manera lenta, torturante, tanto que apretaba los dientes y sus manos casi desarmaban los posa brazos de la silla de ruedas.
—¡Vamos, Avery! No quiero que pase más tiempo, encuentra al desgraciado de Callum ahora mi