(POV Kyler)
El amanecer en los Alpes era gélido, con una neblina que se enredaba en los pinos como jirones de fantasmas. Me levanté a las seis, me vestí con mi ropa de trabajo —pantalones de lona reforzados y una camisa de franela— y caminé hacia la mansión con mi caja de herramientas al hombro. Ya no había rastro del Padre Lombardi; solo quedaba el hombre de manos callosas que buscaba a su familia.
Al llegar al jardín trasero, cerca de la entrada de servicio que Bruno me había ordenado usar, e