—Déjame entrar ahora mismo, Elisa.
Ella estaba nerviosa, pero al final obedeció.
—¿Cómo sabes dónde…?
El hombre sonriò.
—¡Tu abuelo!
—Sì, además, has pagado con mi dinero, te encontraría donde sea.
Ella rodó los ojos, luego lo mirò; a través de su camisa, podía vislumbrarse el vendaje.
—¿Cómo te sientes? —ella quiso acercarse, pero un segundo después se arrepintió, dejando a Leander con el deseo de sentir su toque.
—¿Te importa? ¿No desearías que estuviera muerto?
Ella se quedó perpleja ante sus