La mansión apareció al final de un camino de gravilla blanca flanqueado por olmos sin hojas.
Enero en los Hamptons era distinto al enero de Manhattan. Más quieto. Más frío de una manera que no tenía prisa. Las propiedades aquí no competían con nada. Simplemente existían, enormes y seguras de sí mismas, como personas que nunca han necesitado impresionar a nadie porque siempre han tenido todo.
La mansión Ashford era exactamente eso.
Piedra gris. Tres plantas. Ventanas altas con luz dorada detrás.