El libro salió un martes.
Nathan lo supo exactamente cuándo ocurrió porque Evelyn no estaba en el estudio a las seis de la mañana. Estaba en el salón, sentada en el sillón con el teléfono en la mano y la expresión de alguien que lleva un rato mirando algo que todavía no sabe bien qué hacer con ello.
Nathan no preguntó. Fue a la cocina. Puso el café. Se lo llevó.
—Ya está —dijo Evelyn.
No dijo más. No hacía falta.
El libro existía en el mundo desde las doce de la noche. En las librerías digitale