Rosi se enjuagó la cara con agua fría, sintiéndose mareada y aturdida por todo lo que estaba sucediendo. Al abrir la puerta del baño, pegó un brinco al ver a Antonio de pie, apoyado en su bastón, esperándola con una expresión que la intimidaba.
— ¡Me asustaste! —exclamó Rosi—. ¿Pero qué haces aquí? ¿Acaso me vas a vigilar a donde quiera que vaya?
Antonio sonrió con calma. —Cálmate, cariño. Te noto un poco nerviosa. ¿Tiene algo que ver con el malestar que has sentido desde hace unos días?
— No e