El lugar elegido fue una cantera abandonada al borde del mar, con terrazas de roca blanca que bajaban como graderíos hacia un agua gris, con la sal pegada a los bordes como costras. El sol declinaba y pintaba todo de ámbar; las paredes de piedra devolvían el calor en olas, y el aire olía a polvo, metal y lejanas algas. Las sombras crecían largas y afiladas, como dedos listos para atrapar a quien tropezara.
Habían delimitado el círculo con cuerdas viejas y lumínicas apagadas —un gesto entre lo c