El rugido bajo y constante de los motores envolvía la cabina del jet privado mientras surcaban el cielo de regreso a Aspromonte. Dante estaba recostado en su asiento de cuero negro, con los codos apoyados en los reposabrazos y los dedos entrelazados frente a su boca. La tensión se aferraba a sus hombros como una losa, y aunque mantenía la mirada fija en la ventanilla, no veía nada en realidad.
Había querido volver al día siguiente, pero los asuntos pendientes lo obligaron a permanecer en Milán m