Era un nuevo día en la vida de los Bellandi y el sonido del encaje al rozar la alfombra fue lo primero que Dante notó. Había algo en la forma en que Svetlana caminaba por el pasillo que lo sacó de su ensimismamiento. Ella estaba en el recibidor, frente al perchero antiguo donde Dante ajustaba el cierre de su chaqueta de cuero negro. Afuera, el cielo se estaba cubriendo de nubes grises, y el aire húmedo golpeaba contra los cristales de la casa segura con una cadencia apagada. Dentro, todo olía a