Emma tenía la mano en la manija cuando escuchó su voz.
—No puedo.
Se detuvo. No debía voltear. Debía abrir esa puerta y salir y nunca mirar atrás.
Volteó.
Adrian estaba parado en medio de su oficina, viéndose completamente destrozado. El profesor siempre compuesto, siempre en control, lucía como si estuviera a punto de desmoronarse.
—No puedes qué.
—Dejarte ir. Sé que debería. Sé que es lo correcto. Pero no puedo, Emma. No puedo pretender que no siento lo que siento.
—Adrian...
—Llevo meses fin